febrero 07, 2016

Huauchinango, la ciudad que se apaga (casi) todos los días

Son apenas las 10 de la mañana y por la calle de Moctezuma la neblina corre como si tuviera prisa. Salime, la propietaria del café Los Portales, ha decidido cambiar los tangos de la música ambiental por algo más alegre. Mientras los comensales se confortan del frío con un café bien caliente, el expendio de pan que está del otro lado de la calle parece disolverse en un blur. Ya todo está blanco allá afuera.
A mediados de los 80, mi papá y mi abuelo solían acomodarse en el balcón de la casa a contemplar las tormentas que caían lo mismo en enero que en octubre o en mayo. Entonces, Huauchinango, en la Sierra Norte de Puebla, vivía la mayor parte del año sumergido en una densa capa de niebla y un constante chipi chipi que nos obligaba a ir a la escuela en medio de un lodazal y con la ropa oliendo a humedad. Rara vez lograba colarse la luz del sol y el municipio que a principios del siglo XIX fue cuna de la industria hidroeléctrica en México y América Latina, pasaba las noches a la luz de las velas. El pueblo estaba, de algún modo, acostumbrado a vivir en la penumbra debido a las inclemencias del tiempo.
Cuando Felipe Calderón decretó la extinción de Luz y Fuerza del Centro (LYFC) la medianoche del 11 de Octubre de 2009, otro tipo de oscuridad se adueñó de aquella parte del estado. Más de 44 mil agremiados al Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) perdieron su empleo; alrededor de mil 500 trabajaban en la región. Juan Galindo, o Necaxa como se le conoce, dejó de ser un “pueblo de electricistas” para convertirse en un pueblo fantasma cuyas paredes se pintaron de rojo y negro (en señal de huelga) por casi 6 años hasta que, en octubre de 2015, el gobierno federal le devolvió las instalaciones de la hidroeléctrica al SME, ahora como Generadora Fénix, para la generación de energía.
“Aquí hay un ciudad que es Nuevo Necaxa donde casi el 80 o 90 por ciento eran trabajadores de la compañía (LYFC) y vaya usted ahorita a Nuevo Necaxa y es un pueblo muerto. Económicamente no hay dinero circulante”, dice Javier Jiménez, habitante de Huauchinango, mientras perfila con sus dedos las orillas de un tríptico con el logotipo del SME que está sobre la mesa.
De alguna manera el municipio ha retrocedido 30 años en el tiempo -a aquellas noches de tormentas-, o quizá 100 si se piensa en la época antes de la construcción de la hidroeléctrica, y pasa buena parte del día a oscuras. Desde hace poco más de dos meses la mitad de la ciudad sufre apagones a veces diarios, a veces terciados, que se prolongan hasta por cuatro horas y que han cambiado la dinámica de sus habitantes.
Es miércoles 27 de enero. A las 5 en punto de la tarde en la explanada del zócalo se han reunido alrededor de 400 personas, casi todas ellas rebasan los 50 años aunque hay alguno que otro niño arropándose en el cuerpo de su madre. La gente, casi inmóvil, tiene la mirada fija sobre el templete que se levanta a un costado, frente al monumento a Benito Juárez. Al micrófono está Miguel Márquez Ríos, Secretario de Fomento a la Salud del SME, quien por más de cinco veces durante su discurso llama a los asistentes a “unificarse y hacer un frente común” para evitar que la CFE haga cobros indebidos por el suministro de energía eléctrica.
En 2009, cuando se declaró la extinción de LYFC, fue la Comisión Federal de Electricidad quien asumió sus funciones bajo la figura de comodato. Desde entonces y hasta ahora no se renovaron ni generaron nuevos contratos para el cobro de la energía eléctrica por lo que durante todos estos años, más de 3 millones de usuarios, según cifras del propio SME, no han pagado por el servicio.
“No estamos pidiendo que nos regalen la energía eléctrica” dice Márquez, pero recalca a los asistentes que el contrato de comodato no faculta a la CFE a hacer cobros pues según su definición, la figura no contempla “explotar los frutos de la cosa prestada”.
A escasos 30 metros, de espaldas a los asistentes y dentro de la presidencia municipal está instalado el único módulo que existe en el municipio para cobro de la luz: es un Cfemático. Desde que estalló el conflicto por la desaparición de LYFC, la oficina de CFE más cercana está en Tulancingo, Hidalgo. Aquí no hay quien atienda las 17 mil quejas (de los 24 mil contratos de la zona) que han interpuesto los usuarios por la falta en el suministro de energía.
“Lo que yo pienso que han hecho aquí es una injusticia” relata indignada Yolanda, una septuagenaria que viste abrigo, guantes y gorro de color negro. En 2009, el recibo de luz de su domicilio rondaba los 600 pesos y ahora, por un sólo bimestre de la misma casa en la que habitan sólo tres personas, la CFE le ha facturado 5 mil (pesos). “¡Digo, pues ya llévenme a la cárcel, yo no tengo con qué pagar eso!”. Luego baja la voz para contar casi en secreto, que los secuestros en la zona se han incrementado.
Márquez se apresura a cerrar su discurso. Son casi las 6 de la tarde, horario en que habitualmente ocurren los apagones y debe aprovechar que aún funciona el micrófono. Bajo los portales se resguardan quienes han ido llegando poco a poco; ya deben rondar las 500 personas. El frío a estas alturas es inclemente. El mercurio marca 5 grados centígrados y llueve.
“Nos comprometemos para hacer las gestiones ante el Congreso estatal, ante el Congreso federal, ante la propia negociación que estamos llevando en la Segob (Secretaría de Gobernación), para que la Generadora Fénix (en caso de ganar la licitación) dé el suministro de energía y con elborrón y cuenta nueva”, atiza el líder smeíta y las hasta entonces siluetas inertes por el frío, rompen en aplausos.
 
 
 
 
 
A partir de este punto la gente comienza a moverse más rápido. Los asistentes se arremolinan frente al templete estirando la mano para obtener un tríptico y un formato de queja pero no hay suficientes; deben organizarse para ir a las copiadoras de enfrente antes de que llegue el apagón que, extrañamente, no ocurre hasta las 8:45pm.
Los días en que el corte de luz sucede a las 6 de la tarde, incluso las escuelas con horarios vespertinos como el Centro Escolar “General Rafael Cravioto Pacheco” o el Colegio de Bachilleres F-10, suspenden labores. La última clase del Centro Escolar es a las 7:50 de la noche pero en los últimos dos meses, no han podido completar la jornada académica. “Los alumnos felices y por nosotros también está bien” reconoce uno de los profesores del bachillerato.
Antes que la muchedumbre se diluya los ciudadanos suben al templete y conforman un comité. En el micrófono se escuchan una a una, voces de los lugareños que se presentan y reclaman un alto a los apagones. “Están despertando a Huauchinango” dice un jubilado de Pemex, quien enfatiza que al sentirse todos afectados se está organizando. La señora Rosalinda de la colonia Santa Catarina pide “estar todos al tiro” para defenderse.
Las campanas del Templo de Nuestro Señor Santo Entierro anuncian que la misa de las siete va a comenzar. El padre la oficia preparado con una bocina de baterías para no perder el sonido en caso de que la luz llegue a faltar lo que, al menos hoy, no ocurre.
A unos metros del templo, bajando por las mismas escalinatas está el Hotel Aranjuez, propiedad del presidente municipal (Gabriel Alvarado) quien a esa hora está sentado en una de las mesas del restaurante.
El alcalde considera lamentable que CFE esté provocando los apagones como medida de presión para cobrar un adeudo histórico de 85 millones de pesos por parte del municipio. “Ellos alegan fallas técnicas pero en lo personal, tu servidor no les cree”.
Las autoridades estiman que las pérdidas económicas por los cortes de la luz en horarios de actividad comercial son por más de un millón de pesos al día. Alvarado sostiene que como representante del municipio ha entablado negociaciones con CFE para cubrir el pago de la energía pero demanda que la compañía también participe con los pagos del predial, el uso de vías y los arrendamientos generados además de proporcionar un servicio de calidad. Su postura es clara: Huauchinango continuará “en resistencia hasta que se reconozca un pago justo” basado en mediciones y no en estimaciones de consumo.
“Te pongo algún ejemplo: una comunidad que se llama Tepetzintla, de alta marginación, que tiene 800 habitantes donde 300 de ellos son niños y hay 25 lámparas en toda la comunidad y CFE quiere que se les pague el gasto corriente y un adeudo de más de 6 millones de pesos, a este grado es el absurdo”.
Exactamente a las 8:45 de la noche la ciudad se apaga.
“La Güera” despacha enchiladas con una vela colocada frente a la freidora. César, su asistente, se apresura a colocar lámparas de leds sobre las mesas. La cena continúa con la quietud de quienes están ya acostumbrados a la oscuridad.
La calle 20 de Noviembre se convierte en una boca de lobo; es difícil no tropezar en sus banquetas derruidas. Desde el mercado, subiendo por la calle Corregidora una pareja se abre paso con una lámpara de mano. A lo lejos se escuchan los motores de algunos locales que han instalado plantas de luz. De no ser por los faros de los autos que pasan y por el celular con que un vendedor ambulante alumbra su canasto de pan, el zócalo de la ciudad bien podría ser una escena de 1800.
“Ya no es igual. Cuando hay luz me traigo unas 600 piezas y en cambio cuando no hay, unas 400”. Rolando vende cada pieza de pan en un peso y todos los días paga taxi para llegar hasta el primer cuadro con su mercancía. De sus ventas sostiene a su mamá y a sus dos hermanas. Junto a él está Luis, quien es repartidor. Trabaja en la cervecería Cuauhtémoc y aunque la matriz no se ve afectada porque está ubicada en la parte de la ciudad que no sufre los apagones, Luis se queja porque, trabajando a ciegas, a veces da el producto cambiado. Ninguno de ellos está enterado de la Asamblea de hoy y ambos atribuyen los cortes de energía a que el municipio no ha pagado. Cuando la luz regrese, Luis irá por el mandado que se le olvidó por quedarse platicando con Rolando.
Poco a poco, las calles van quedando vacías. Domicilios, comercios, clínicas y hospitales están a oscuras. Todo alrededor es una adivinanza.
En los antojitos “Las Güeras” en la colonia El Ocote no hay clientes. Los dueños y una empleada esperan sentados el milagro de que algún enfermo llegue a la Clínica San José y sus familiares decidan pasar a cenar. La baja en sus ventas ya obligó a que despidieran a una de sus dos empleadas y a otra le han tenido que pagar en especie con taquitos o molotes porque ya no alcanza para su sueldo. Es la primera vez en cuatro años que les ocurre algo así. “Si van a decir que vamos a pagar, pues que nos digan cómo, pero nosotros no tuvimos la culpa”.
A las 11:45pm, exactamente dos horas después del corte, la ciudad se enciende de nuevo. Pero esta historia de luz y sombras volverá a repetirse: Huauchinango es un municipio que produce luz, pero no (siempre) la tiene.
 
 
 
 
 
 

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